

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Apostolado: En, Con y Para la Iglesia
El Verbo Encarnado se nos ha manifestado a cada uno de nosotros a través del Santo Bautismo y del crecimiento en nuestra Fe, esa manifestación nos obliga a no callarnos a anunciarlo, a ser los “nuevos ángeles” que anuncien a los “pastores” de nuestro tiempo que nos ha nacido el Salvador. Pero nuestro apostolado no puede no nacer de la contemplación del misterio y en esa contemplación nos hacemos los “nuevos reyes” que adoramos porque reconocemos en Jesús al Cristo, al Dios hecho hombre, al Rey de toda la Creación. El verdadero apostolado nace necesariamente, como afirma Santa Gianna Beretta Molla, de la inmovilidad orante.
En la meditación de esta misión y habiendo sucedido algunas cuestiones intra-eclesia, que no vienen al caso hoy, hemos recordado aquellas palabras que Monseñor Jorge Menvielle decía el 1 de agosto de 1998, en la Parroquia de Ntra. Sra. De la Salud, recordando el amor a la Iglesia de su tío, el gran sacerdote argentino Padre Julio Menvielle[1], reflexionaba el entonces Obispo de san Justo: “mucha gente que no vive en la Iglesia, sino que pretende vivir de la Iglesia”.
Quizás no entiendas como podemos unir ambos párrafos y sacar una idea mas o menos coherente, pues lo intentaremos con la ayuda del Espíritu Santo. Pero antes permítanme que haga una aclaración que puede resultar útil sobre todo para el lector que no suele hacer penitencia leyéndonos unos instantes. En todo lo que aquí digamos y manifestemos nos encontramos también a nosotros mismos y, quizás estas reflexiones sirvan como auxilio a la necesaria autocorrección, por tanto, y para ser claro, no nos ponemos en jueces de nadie sino que hay circunstancias que Dios permite en otros para poder reflexionar sobre nuestra propia acción y ayudar a otros a hacerlo.
Pero volvamos al tema, hablamos del apostolado y el apostolado requiere tener claro cuál es su misión y que el mismo se ejerce en la Iglesia, con la Iglesia y para la Iglesia, pues en este amor a la Iglesia está el amor a su Divino Esposo y cuando trabajamos en, con y para la Iglesia, lo hacemos en, para y con Cristo y en ellos para las almas de nuestros prójimos.
El apostolado puede darse en distintos estados y con distintas responsabilidades, pero siempre es para la Gloria de Dios y no para la gloria pasajera y humana del apóstol. Ciertamente que sin importar al estado al que hemos sido llamados: sacerdotal (tanto en el diaconado, el presbiterado o en la plenitud del episcopado), religioso o seglar todos somos llamados para gloria de Dios. Algún santo dijo alguna vez “no hay destino malo para un misionero”. ¿Acaso lo hay para el cura diocesano, para el Obispo, para la monja? Cuándo los seglares participamos en los grupos parroquiales ¿lo hacemos pensando en las almas o que puesto puedo aspirar para darme corte entre los parroquianos?
Viene a mi memoria una anécdota del querido Padre Lojoya cuando recién llegado a la Parroquia de la Visitación quiso formar una de las instituciones de la Iglesia (no recuerdo cual) con algunas damas. Todo andaba bien hasta que en un momento se retira y va a buscar los estatutos de esta institución cuando vuelve encuentra a las damas disputándose los cargos de dicha institución. Si, lector amigo, disputándose los cargos terrenos como aquellos se disputaban los puestos al lado del Señor. Nada ha cambiado y la tentación es grande.
En el ámbito laboral uno busca tener una carrera y mas allá de la dignidad que significa tener un trabajo digno uno intenta progresar a lo largo de los años, siempre que ese progreso no represente una renuncia a los principios cristianos, pues hay que saberlo y decirlo en el ámbito laboral también el seglar es apóstol.
En la Iglesia no debería ser así, no deberíamos pensar en la “carrera eclesial” ni del sacerdote ni del seglar. El sacerdote no llega a ser Obispo sino que es elegido como Obispo; el sacerdote no llega a ser Rector de aquella Basílica, sino que es elegido; la Religiosa no llega a ser Madre Superiora sino que es elegida para serlo; el seglar no llega a ser “presidente de la Acción Católica Parroquial” sino es elegido. Elegidos por quien, alguien dirá por el Papa (de acuerdo a una terna de los Episcopados y con los consejos de los Dicasterios Romanos), el Obispo, el Capitulo, Párroco. Si, todos ellos, pero en el fondo es Dios quien elige, es Él quien llama y es a Él a quien debemos rendir cuentas.
Teniendo claro esto y actuando en consecuencia nuestro apostolado no puede no ser fructífero pues si actuamos de acuerdo a la Voluntad de Dios que se manifiesta en el Evangelio, el Magisterio y la tradición de la Iglesia y decidimos en conciencia rechazando la siempre presente tentación que nos dice “seréis como dioses” trabajamos para la Gloria de Dios y no la gloria del apóstol.
Y cuando la salvación de las almas está en juego, cuando lo está la gloria de Dios ¿Qué importa aquel arzobispado? ¿Aquella Parroquia? ¿Aquel destino misionero? ¿Aquel convento? ¿Aquel puesto de superiora? ¿Aquel “titulo” en tal institución parroquial?
Seamos sinceros, cuanto nos dura tal o cual cargo apenas un instante y ¿somos capaces de perdernos la vida eterna por un suspiro de poder y honor humano?
Que María Santísima nos auxilie para que el celo apostólico nos consuma y no que el celo por el poder y la vanagloria esterilice nuestro apostolado
Supla la gracia la deficiencia de la pluma
Marcelo Eduardo Grecco
Director
Versailles, junto a la Virgen de la Salud,
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