

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Decíamos en nuestro editorial anterior que son bienes del matrimonio: la prole (hijos, nietos); la fidelidad conyugal y a través del sacramento, dignidad a la que ha sido elevado por Cristo, la gracia santificante y las gracias actuales para el logro de la felicidad y de los fines matrimoniales. Hoy nos vamos a referir a este bien que son los hijos y a la natural vocación de los esposos a la Paternidad, o sea a ser imagen del Padre frente a sus hijos.
Imagen de Dios y participes necesarios en su obra creadora, porque también en la paternidad biológica el hombre es íntimamente unido a la Paternidad del Creador, pues colabora con El de manera único. En la sociedad conyugal la mujer es quien es participada de manera especial en el don de la vida, a ella el Señor le confía el “secreto de la vida”, como bien ha afirmado Amado Nervo.
Pero no es solo vocación del matrimonio, de los esposos, esta paternidad biológica, que como dijéramos es en sí misma una llamada muy importante que Dios hace y un acto de su amor al participarnos de su obra creadora. Pero como enseñaba el poeta, el hombre ha nacido para ser santo, esto es para alabar y adorar a Dios con todo su ser en esta vida para ser apto para el Cielo, es por eso que a la vocación de engendrar en la carne se le suma la vocación de engendrar en el espíritu, en Cristo.
Ciertamente los esposos tienen que ser imagen del Dios que crea y salva, ayudando a crecer en las virtudes a aquellos que Dios les ha encomendado. Vocación y obligación “los padres (…) tienen obligación de procurar que en sus hijos y dependientes aprendan la doctrina cristiana”[1].
Permítanme que sobre estos dos importantes puntos me detenga con algunas breves reflexiones. En primer lugar es Dios mismo quien nos hace padres, cuando El quiere y de quien quiere. El mismo ha dado un orden y dentro de ese orden ha permitido al hombre cierta libertad para que pueda planificar la familia, sin embargo el hombre siguiendo al tentador busca ser como Dios y también aquí ha querido meter su mano no como administrador sino como si fuera el creador mismo, y lejos de someterse a la Voluntad de aquel que le creo quiere imponer su voluntad, así que ha creado una serie de modos de interrumpir la concepción de nuevos seres, muchos de los cuales al no poder frenar la concepción directamente mata al nuevo ser.
Haremos esta afirmación sin un rigor científico, pero si con la simple observación de quien vive en medio de una sociedad que está sometida al egoísmo. Muchos matrimonios dejan para adelante los hijos, programando también la cantidad, la fecha el momento y esa planificación se hace basada en el egoísmo de buscar tener, de disfrutar, de…., sin embargo cuando deciden tener hijos no siempre el Señor les da ese bien automáticamente por más que “hagan todos los deberes”, es Dios quien decide cuándo y cuando menos lo esperan allí está el hijo.
Pero a ese hijo hay que educarlo y educarlo en Cristo, en la virtud, en la bondad. ¡Hay de aquellos padres que lejos de educar en la virtud, motivan y llevan al vicio! ¡Hay de aquellos padres que no enseñan a amar a Dios!
Pero ¿Cómo se enseña a amar a Dios, a vivir en la virtud? Amando y viviendo en la Gracia del Señor, cultivando la virtud, haciendo del hogar “así de bonito como una Iglesia”. Cuando uno recorre la vida de grandes santos ve que en la gran mayoría sus padres fueron ejemplos de santidad y de virtud. Pongamos unos pequeños ejemplos los papás de Santa Gianna Beretta Molla, de Santa Teresita del Niño Jesús, de San Juan Bosco, de Santa María Goretti, etc.
Ciertamente son estas dos vocaciones de los esposos, junto al bien de estos, que hacen del matrimonio algo más que un mero contrato jurídico, sino algo sagrado, todo un ordenamiento de la vida, por eso en la catequesis de nuestros jóvenes no puede estar ausente la catequesis matrimonial, la catequesis del noviazgo católico, pues cuando esto falla en nuestras parroquias, colegios y universidades estamos simplemente “hipotecando” el futuro de la Patria y de la humanidad. Esta es la verdadera catequesis del amor, no aquella que se queda en lo sensible.
Y cuando enseñemos esta catequesis no olvidemos nunca a esos dos modelos que tanto el varón y la mujer tenemos en la vida conyugal y son San José y María Santísima a quienes en este tiempo de adviento y navidad miramos con especial ternura, pues ellos supieron dar su Si a la nobilísima vocación de ser padres y ser padres de Dios encarnado.
Antes de las tradicionales palabras con las que cerramos cada editorial queremos agradecer a Dios que nos ha permitido cerrar estos dos números contemplando el don del matrimonio como homenaje de aquellos a quien el Señor llamó a ser nuestros padres y que con gran generosidad durante cincuenta años han tratado de ser fieles a su vocación, con gran alegría han celebrado junto a sus hijos sus Bodas de Oro, teniendo como especial regalo que su hijo mayor les bendijera nuevamente los anillos, Gracias de Dios, el ciento por uno.
Ciertamente, muchas de las cosas que expusimos están en estas pretendidas reflexiones sin duda están inspiradas en lo que ellos nos dejaron como herencia.
Supla la gracia la deficiencia de la pluma
Marcelo Eduardo Grecco
Director
Versailles, junto a la Virgen de la Salud,
3 de diciembre de 2009
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