Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Mayolica

Sacerdotes De Jesucristo

Homilía Pronunciada Por Monseñor Héctor Aguer
En La Misa De Ordenación Sacerdotal,
El 28 De Abril De 2001,
En La Santa Iglesia Catedral De La Plata

Queridos hijos Daniel, Carlos y José Luis:

Ha llegado el día, y la hora, tan esperados por ustedes. Dentro de unos minutos, por la imposición de mis manos y por la plegaria mediante la cual rogaré al Padre que renueve en ustedes el Espíritu de santidad, serán hechos participes del sacerdocio de Cristo. Desde este momento cimero de la vida, pueden contemplar cómo se cumple aquel misterioso designio de Dios que llamamos vocación. Cada uno ha recorrido un camino distinto, el suyo propio, trazado por la mano suave y poderosa de la Providencia. Los dones de la naturaleza y de la gracia, la iniciativa del Señor, que sabe entrañarse en nuestro espíritu, y la respuesta libre y generosa, que es también un don suyo, los han ido enriqueciendo y preparando para que hoy la respectiva vocación pueda ser confirmada por la Iglesia. Ella es quien la discierne y reconoce, la que dispensa en nombre de Dios los ministerios a través de los cuales se ejerce la misión confiada a los Apóstoles.

Saben ustedes muy bien que ahora serán consagrados por una gracia que los identificará con Cristo maestro, sacerdote y pastor. De esa marca sobrenatural (tal es el significado del término técnico: carácter), de esa nueva configuración del ser cristiano, brota el munus: la función, la potestad de servicio al pueblo de Dios y a la obra redentora del mundo. Por la consagración que van a recibir quedarán habilitados para anunciar el Evangelio, educar en la fe y rendir el testimonio profético de la Verdad; para ejercer como mediadores —en unión con el único Mediador— el culto divino: la ofrenda del sacrificio, la administración del perdón, la comunicación sacramental de la Vida; hechos aptos y capaces para colaborar conmigo en la conducción pastoral de la comunidad cristiana, servicio de amor brindado a Cristo y a su mística Esposa, la Iglesia.

Esta nueva impronta asume la realidad humana y la vocación cristiana y les propone un nuevo ámbito de realización en el que han de unirse ministerio y vida. Así lo señaló el Concilio Vaticano II hace 35 años; vale para los sacerdotes de entonces y para los de hoy: “Los presbíteros conseguirán de manera propia la santidad ejerciendo sincera e incansablemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo” (P. O., 13). Si ustedes actuarán in persona Christi, es decir, representando personalmente a Jesucristo, haciendo sus veces, corresponde que en el ejercicio del ministerio, en cada uno de los actos ministeriales, se unan a la acción de Cristo, que por medio de ustedes cumplirá su misión de maestro, sacerdote y pastor. Él los integra e incorpora a la esfera de su mediación y los hace participar de ese amor suyo que redime al mundo. “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte” (Jn. 13, 8), le dijo el Señor a Pedro en la Última Cena. Algunos Padres de la Iglesia pensaron que el lavatorio de los pies fue un signo de la ordenación sacerdotal de los Apóstoles, consagrados para compartir la suerte del Señor, la cruz y la gloria. Hoy no reciben ustedes un diploma, ni se les encarga un trabajo profesional. La vida entera, y el destino eterno, quedan comprometidos por esta consagración.

Durante años, en el estudio y en la oración, han venido considerando la misteriosa realidad del sacerdocio católico. Los fieles que hoy nos acompañan, dotados del sentido y del instinto de la fe, reconocen también espontáneamente sus rasgos esenciales. No es necesario, pues, multiplicar ahora las explicaciones. Pero quiero, sí, destacar dos aspectos de la figura sacerdotal. El primero es la dimensión religiosa de su ser, de su ministerio y de su vida. Al presbítero diocesano se lo suele designar también con el adjetivo secular, para distinguirlo de aquellos que profesan con votos los consejos evangélicos. Pero la expresión es inadecuada; viene de saeculum, que significa, también, “mundo”, y podría entenderse equivocadamente como sinónimo de “mundano”. La Iglesia, por lo contrario, enseña que el presbítero, por la consagración que recibe, se compromete en el seguimiento evangélico de Cristo a semejanza de los apóstoles: en la obediencia eclesial, en la castidad del celibato, en la autenticidad del espíritu de pobreza. Es hombre religioso y debe vivir como tal. ¿A qué congregación, a qué instituto, a qué orden pertenece? Respondería el Cardenal de Bérulle: a la orden de los apóstoles, a la orden de San Pedro; a la orden de Cristo.

El segundo aspecto que deseo recordarles es el valor espiritual de la diocesaneidad. Reciben ustedes una participación en el sacerdocio de Cristo por mediación del obispo, que la posee en plenitud. El presbítero queda vinculado a su obispo por una relación sacramental merced a la cual entra en la órbita del “estado de perfección” que es propio del sucesor de los apóstoles, y comparte con él, en grado subordinado, la vocación a realizar la caridad del buen pastor que ofrece su vida por el rebaño. Por esta vinculación sacramental se integran ustedes al presbiterio diocesano; no se trata de una mera pertenencia sociológica o jurídica, sino de una comunión viviente en la fe y en el amor a la Iglesia, que han de inspirar relaciones de obediencia, lealtad y confianza, una confianza filial, fraterna, amical.

Queridos Daniel, Carlos y José Luis: La Iglesia platense espera mucho de ustedes: no que nos asombren con ocurrencias prodigiosas, ni que brillen como genios en un ranking mundano, ni que den que hablar a los periodistas (quizás sea mejor que éstos no se enteren de que existen). El adverbio mucho se refiere al plus del Evangelio: “Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt. 5,20). De los Padres Astuti, Mattioda y Segovia esperamos frutos de santidad que edifiquen al pueblo de Dios y precipiten en el corazón de muchos jóvenes el deseo y el propósito de lanzarse por el mismo camino. Necesitamos que se desgasten en el ministerio cotidiano con un amor fervoroso y diligente, que estén siempre disponibles, al alcance de los fieles, que puedan decirles, sinceramente, como el Apóstol Pablo a sus hijos de Corinto: “Lo que yo busco no son sus bienes, sino a ustedes mismos; [...] de buena gana entregaré lo que tengo, y hasta me entregaré a mí mismo, para el bien de ustedes” (2 Cor. 12,14 s.). ¡No se mimeticen con el mundo, no se aburguesen! No sofoquen con una vergonzosa mediocridad el fuego del Espíritu que hoy enciende en ustedes el don del sacramento.

No recuerdo ahora si cuando elegimos la fecha del 28 de abril tuvimos en cuenta que este año iba a coincidir con el segundo sábado de Pascua, es decir, con la fiesta de Nuestra Señora del Valle. Feliz auspicio el de esta antigua y venerada advocación mariana, que tiñe de colores argentinos la infaltable, imprescindible, presencia de María, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote y de todos nosotros, sus réplicas indignas. El valle nos recuerda a Catamarca, una de las puntas del triángulo mariano que abraza a nuestra Patria. Pero evoca también el valle de la humildad, la hondonada a la cual es preciso descender para encontrar la ruta hacia el monte de la perfección. San Agustín solía comentar esta figura, seducido por la humildad del Dios humilde: “El agua se recoge en la humildad del valle, pero se escurre de la arrogancia de la colina” (Serm. 104, 5). Que los inspire siempre la humildad de la Servidora del Señor; que Ella, la Virgen del Valle, los guarde en su inmaculado Corazón.

La homilía fue enviada por el mismo Monseñor Aguer como colaboración especial para nuestra revista, gesto que mucho agradecemos. La misma no tenía en el original ningún título y nos atrevimos a agregárselo, esperando que el mismo sea el adecuado.

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