

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
en la misa para los educadores de la arquidiócesis
(Iglesia Catedral, 27 de febrero de 2008)
Al comienzo de la Cuaresma, el día después de imponernos la ceniza, la iglesia nos exhortaba con estas palabras, a la vez graves y alentadoras, tomadas del libro de Deuteronomio: Elige la vida y vivirás...con tal que ames al Señor tu Dios, escuches su voz y le seas fiel (Dt. 30,19s). La cita pertenece al tercer discurso de Moisés, que con palabras vibrantes procuraba estimular al pueblo para que respondiera con fidelidad a la elección y al amor de su Dios. Todo el libro de Deuteronomio es una gran exhortación, en la que se expresa admirablemente la pedagogía divina; las instrucciones atribuidas al mediador de la antigua alianza constituyen una especie de código educativo con una finalidad bien precisa: que el pueblo, practicando la ley alcance la sabiduría y con ésta se asegure la felicidad, representada en la posesión de la tierra y en la plenitud de la paz.
La liturgia de hoy nos transmite unos párrafos del primer discurso de Moisés recogido en el Deuteronomio. El texto contiene una invitación apremiante a escuchar y a poner en práctica los preceptos del Señor. La observancia de la ley se relaciona con la sabiduría y con la nobleza privilegiada de la nación: así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que al oír todas estas leyes, dirán:” ¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!” (Dt. 4,6).La instrucción divina que recibió Israel, la Torá, es un signo del amor y de la predilección de Dios, que se hizo cercano mediante el don de su palabra: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos (Sal. 147,20). La sabiduría, en la acepción bíblica del término, es eminentemente práctica; consiste en la capacidad de reconocer los verdaderos valores de la vida y, en consecuencia, de dirigir hacia Dios las aspiraciones del corazón humano. Él mismo las guía: la palabra está muy cerca de ti –leemos en otro pasaje del Deuteronomio- en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas (Dt. 30,14). Amar al Señor, escuchar su voz, serle fiel, eso es elegir la vida. En este libro del Antiguo Testamento ya resuenan acentos cercanos al Evangelio.
San Pablo enseña en la Carta a los Gálatas que la ley era un pedagogo que conducía los hombres a Cristo, para que recibieran la justificación creyendo en él (Gál. 3,24). Hemos escuchado hace un momento cómo Jesús, en el Sermón de la Montaña se presenta como aquel que ha venido a dar cumplimiento a la ley y a su régimen educativo. Cumplimiento no significa simplemente observancia, sino plenitud, perfección, superación. Cristo cumplió la ley en su obediencia al Padre y la transformó a través de la cruz. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados...pero yo les digo (Mt. 5,21.27.31.33.38.43). Jesús aporta una justicia superior: la abundancia total y definitiva del amor divino, la gracia que funda un nuevo ethos en el cual la exigencia corresponde al don y por lo tanto puede expresarse así: sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo (Mt.5,48). Hace ya muchos años escribió, a propósito, el entonces profesor Ratzinger: la ley del amor es la entrega, lo suficiente es lo abundante. Digamos, glosando: sólo es suficiente lo abundante. La ley nueva, la ley de Cristo, no se limita a orientar exteriormente, sino que también y sobre todo da la fuerza, el poder creciente, el gusto, de adherir íntimamente y con una dichosa libertad a la voluntad de Dios. Ya no estamos bajo el pedagogo, ahora nos enseña el maestro interior. Ahora sí, entonces la palabra está en el corazón; allí la escribe el Espíritu Santo. Tomás de Aquino enseña que la ley nueva es principalmente la gracia misma del Espíritu Santo otorgada a los creen en Cristo. Estas certezas teológicas y espirituales constituyen el fundamento de la educación cristiana.
Queridos amigos: en los periódicos encuentros que mantenemos solemos recordar que la tarea educativa desarrollada por la Iglesia y en la Iglesia forma parte de su misión evangelizadora. Todos tenemos en claro que esta dimensión evangelizadora establece la identidad de la escuela católica. Por eso importa muchísimo, cuando nos detenemos a reflexionar sobre nuestra actuación en este campo y a examinar críticamente las condiciones en las que ejercemos el carisma de la educación y desempeñamos este ministerio, -importa mucho, digo- que evaluemos, de un modo particular, cómo queda a salvo, cómo se va cumpliendo lo esencial .
Es sabido que debemos cumplimentar numerosas exigencias de todo orden, y estar atentos a un sinnúmero de problemas y circunstancias, y puede ocurrir que, a pesar de nuestra recta intención, ese cúmulo de preocupaciones y las demás contingencias de la vida escolar nos distraigan del objetivo principal, que será siempre disponer los medios necesarios para que nuestros establecimientos educativos sean algo más que óptimas academias o seguros centros de “contención”; deben ser escuelas de cristianismo, para que en ellas se formen hombres y mujeres de bien, para que en ellas se incube el futuro de una Argentina mejor. Insisto en este punto de la necesidad frecuente de interrogarnos sobre lo esencial, no con el ánimo de favorecer una autocrítica desgastante que nos amilane; al contrario, un discernimiento atento sobre el sentido y la marcha de nuestros esfuerzos debe servir para estimularnos mutuamente y para potenciar nuestra esperanza.
Hace exactamente un mes, el Santo Padre Benedicto XVI dirigió un mensaje a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación. En él decía: sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida...en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida. Y terminaba su carta invitando a poner la esperanza en Dios: la esperanza que se dirige a Dios no es jamás una esperanza sólo para mí; al mismo tiempo, es siempre una esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y en el amor. Al iniciar nosotros un nuevo ciclo lectivo pongamos nuestra esperanza en Dios y comprometámonos ante él a empeñarnos con inteligencia y tesón en hacer nuevos progresos, superando la rutina y la tentación minimalista de estancarnos en lo que ya hemos logrado; las dificultades específicas de educar hoy, a chicos y chicas de hoy, nos reclaman mucha lucidez y renovados esfuerzos.
En otras oportunidades me he referido al desplazamiento de las legítimas autoridades educativas –los padres de familia, los docentes, los pastores de la Iglesia- a causa de la intrusión de factores poderosos de deseducación. También he mencionado otras veces el debilitamiento interno de la familia, que la incapacita para ejercer su imprescindible misión educadora, como también el cansancio y la decepción que provocan los experimentos en las políticas educativas, las constantes e infructuosas reformas de estructuras, planes y programas. Hay una causa más inconcreta pero cuyo influjo está a la vista y no es fácil de contrarrestar. Más que una causa es un complejo de causas, una situación, un ambiente, la atmósfera en la que respiran los alumnos de nuestras escuelas. Valga una rápida enumeración de unos pocos datos sociológicos. La infancia se acorta; la adolescencia surge prematuramente y se prolonga sin fin; nuestras chicos experimentan las realidades propias de la vida adulta, obviamente sin la madurez necesaria para gobernarlas con auténtica libertad, para integrarlas de un modo armonioso en su ser personal. La moda manda, o lo que suele llamarse la cultura joven; no sólo los gustos se tornan gregarios, sino también opciones éticas decisivas que son asumidas con contagiosa superficialidad. Para un muchacho o chica de hoy resulta difícil vivir como cristiano, se le hace arduo elegir la vida y ser verdaderamente libre; el contexto cultural, la propaganda, ofrecen otros caminos, atajos vertiginosos que no llevan a nada, que llevan a la nada. ¿Cómo hacer de Cristo y de su Evangelio el centro de la vida? ¿Cómo lograr que se tornen atractivas las virtudes cristianas, el camino de la abnegación, la alegría del servicio, la generosidad de un amor digno de ese nombre?.
Estos planteos conciernen a la formación de los jóvenes que debe intentarse en nuestros colegios desde que ingresan a ellos con la frescura de los años infantiles, según un proyecto pastoral en el que la enseñanza religiosa escolar y la catequesis se coordinen con el conjunto de los saberes que corresponde transmitir en la escuela. No se debe descuidar el conocimiento de la fe, el aprendizaje de la doctrina; no se ha de menospreciar la inteligencia, que necesita de la luz de la revelación. ¿Puede bastar una mezquina hora de catequesis ubicada, como de lástima, al final del turno? ¿Cómo podría justificarse, en esa hipótesis, la existencia de una escuela católica? Otro aspecto de la formación cristiana es la verificación de la fe mediante la aceptación de un estilo de vida, que no sólo se ha de proponer teóricamente, sino mediante el testimonio coherente de los educadores, y sobre todo a través de un ambiente escolar impregnado de sentido cristiano. La escuela católica se realiza, cumple su naturaleza, cuando es una verdadera comunidad educativa, pero sobre todo una comunidad cristiana, y si se trata de un colegio parroquial cuando se integra en la comunidad parroquial y es reconocido como porción suya. Nuestras escuelas producirán frutos exquisitos de evangelización cuando logren crear ese ambiente imponderable pero realísimo en el cual, por una especie de ósmosis espiritual, se transmita a Cristo. Es difícil; dificilísimo incluso en las condiciones que impone la sociedad argentina de hoy, pero posible, ¡sin duda! Y es ése un ideal al que no podemos renunciar; si es arduo, nos atrae y despierta la pasión que corresponde a una magnífica aventura.
He aludido a las condiciones de la Argentina actual; podríamos decir: del mundo actual. O, yendo más hondo, a las raíces, habría que mencionar las consecuencias del pecado original, que es cosa de todas las épocas y marca la turbia oposición a un proceso educativo verdaderamente cristiano. La afectividad del hombre, sin el auxilio de la gracia de Dios, está dominada por desorden del amor propio, por el egoísmo, que nubla los fundamentos mismos de la vida moral y religiosa, el conocimiento de aquellas verdades naturales, accesibles a la razón, y que son preámbulos de la fe. Decía Pío XII que los hombres se persuaden con gusto de que es falso, o por el menos dudoso, lo que no quisieran que fuera verdadero. Esta consideración muestra que en el hombre está profundamente radicada la necesidad de la gracia. Los educadores necesitamos de esta gracia para llevar a cabo nuestra tarea con plena conciencia de la misión, con rectitud insobornable y con generosa entrega; nuestros niños y jóvenes necesitan de esa gracia para abrir los ojos del corazón a la verdad y para adherir a Cristo y a su mensaje con alegría. Trabajamos por el bien de ellos como si todo dependiera de nosotros, pero como si nada pudiéramos hacer, los encomendamos al Señor y a la fuerza de su gracia. Así demostramos que somos hombres y mujeres de esperanza.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
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