

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Marcelo Eduardo Grecco
Estamos celebrando la fiesta del verdadero Patrono del Trabajo, San José Obrero. Nos parece propicio, entonces, reflexionar sobre la realidad del trabajo en la vida del hombre. Me permitiré hacerlo siguiendo una especie de monografía que realizáramos para nuestro estudio universitario que versaba sobre «El Trabajo en la Doctrina Social de la Iglesia». Completar y actualizar el mismo es una deuda que algún día, Dios mediante, cumpliremos.
Y al pensar en el trabajo debemos pensar en primer lugar en aquel que lo ejecuta, que no es otro que el hombre. En este sentido es menester recordar que el hombre no es una cosa sino alguien, o sea que ha sido revestido del don de persona(1), esto es, criatura de Dios hecho a su imagen y semejanza (Cif. Gen 1, 26).
Este hecho es fundamental a la hora del análisis de este tema, porque esta inserta en nuestra sociedad la figura del hombre como un mero recurso, equiparándolo a aquellos otros materiales que necesita la empresa para ejecutar su actividad y si bien es cierto que al encarar un proyecto uno debe analizar fríamente los números para saber su viabilidad, nunca puede hacerlo de manera tan absoluta que olvide que el hombre no es una maquina que se amortiza y que puede romperse o desgastarse, sino una persona que sufre sobre si las consecuencias del pecado y por tanto la fatiga del trabajo que le ocasiona enfermedad y esta expuesto a la muerte en accidentes, a su vez es un ser creado por Dios y revestido de la dignidad de persona.
Una persona que ha sido dotada de un alma inmortal y de un cuerpo material, y que alma y cuerpo integran una unidad inseparable. Una unidad «tan profunda que se debe considerar al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo, es un cuerpo humano viviente en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas sino que su unión constituye una única naturaleza»(2).
Esta unidad debe considerarse de tal manera en aquello que refiere al trabajo, no solo porque con el alcanza lo necesario para sostener su vida material sino fundamentalmente porque «con el ejercicio de las fuerzas particulares»(3) el hombre «marca su impronta en la materia y la somete a su voluntad»(4). La que no puede estar divorciada de la Voluntad del Creador.
Dos cosas surgen aquí como reflexión sobre nuestra época donde el hombre no comprende esta acción personal sobre el trabajo y quizás una de las principales causas sea la alta tecnología que no permite dejar esa impronta personal en el trabajo realizado. De alguna manera esto se nota hoy en la arquitectura o en las artesanías, en especial, frente a la fiesta de San José, podemos decir que se ve hoy en el trabajo del carpintero donde muchas veces se hacen hoy los trabajos con las maquinas en líneas fijas y productos seriales, en vez de la talla de la madera que permitía que cada mueble fuera una pieza única e irrepetible.
La segunda reflexión es que al desconocer a Dios como Creador y someter la tierra a nuestro arbitrio nos encontramos con los grandes males que hoy denominamos «cambios climáticos» y que solo tienen una causa el hombre ha olvidado que es Señor y Rey de la creación pero que debe someterse al Creador.
La despersonalización del trabajo hace, entonces, que pensemos en el sujeto del trabajo como un mero recurso y por tanto desechable. La Iglesia no cesa de proclamar que el hombre es el sujeto del trabajo y que él, como persona que es, al realizar las acciones pertenecientes al proceso del trabajo, independientemente de su contenido, todas ellas han de servir para la realización de su humanidad y el perfeccionamiento de su ser de persona(5) y a la vez contribuyendo al cuidado y protección de la obra del creador que le ha sido confiada.
Efectivamente Dios ha confiado al hombre el cuidado de la tierra dándole el mandato de «Someted la tierra», ósea de realizar con sus mismas manos todo aquello que le ayudará a la existencia. Es a la vez un mandato y una invitación para que el hombre participe en su obra creadora, con el trabajo el hombre colabora con «la misma acción del creador del universo»(6). Ciertamente Dios «manifiesta su soberanía y su condescendencia apelando a nuestro ingenio y perspicacia»(7) a fin de que imprima su sello a las cosas y de esa manera nos hagamos participes de su obra. En definitiva todo hombre «sea artista o artesano, patrono, obrero o campesino (...) es un creador»(8).
El hombre entonces contribuye con su trabajo a la obra creadora de Dios y a la vez por medio del trabajo y de su remuneración alcanza lo necesario para su subsistencia. Efectivamente el hombre necesita de bienes para vivir, y si bien esos bienes nunca deben ser considerados fines en si mismos sino como «medios preciosos»(9) que le ayuden a alcanzar su último fin que no es otro que la búsqueda permanente de la Jerusalén Celeste. Ciertamente los bienes de la tierra «se deben usar (....) en la medida que lleven a la consecución del fin Supremo»(10) al cual se deben subordinar toda la existencia del hombre. En este sentido debe considerarse la remuneración que el hombre recibe en el trabajo, la cual debe ser justa y digna. Un salario justo es aquel que alcance para el sustento propio y de su familia, resguardando que no se destruya ni la familia, ni se estorbe en la educación de los hijos ni se fuerce a la mujer al abandono de los hijos en busca de el sustento necesario para su lugar, privando a los hijos de la atención y el amor que solo los padres pueden brindar(11).
En este sentido la fijación del salario debe tener un criterio de razonabilidad y de justicia no se la puede abandonar únicamente a la libre competencia del mercado y por supuesto que no puede quedar al «arbitrio de los poderosos, sino que en esta materia deben guardarse a toda costa las normas de justicia y de la equidad»(12). Es un escándalo moral ver que hay bajos salarios y grandes ganancias que solo unos pocos aprovechan, y este escándalo clama al cielo.
Sin embargo no es con las luchas clasistas que podemos revertir o atemperar estos males sino con la promoción de los valores Evangélicos a todos los hombres entre el capital y entre el trabajo. Ciertamente es «pena capital» suponer «que una clase social sea enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en un perpetuo duelo»(13), por el contrario debe promoverse la relación armónica y equilibrada entre ellas, buscando unirles en provecho de toda la sociedad(14), pues ciertamente ambas clases no pueden convivir separadas, aún en la época de la tecnología «ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital»(15)
Por tanto el salario debe contribuir para que el hombre pueda vivir con dignidad y y responder afirmativamente a su vocación hacia la santidad. El salario debe ayudar de tal manera al hombre para que no solo pueda alcanzar lo necesario para vivir y vestirse, sino que luego de un esfuerzo pueda acceder a una vivienda digna, formar y mantener una familia. Sin duda, aquí nos queda mucho por recorrer y en el campo del trabajo sea la prueba más evidente de que hay muchos hombres que todavía no conocen al Redentor, pues como sabiamente enseña el Padre Sato, «solo la conversión profunda llega a lo profundo del bolsillo». Es entonces una tarea pendiente el llegar a los poderosos y a los que no lo son tantos pero tienen en sus manos el capital o el poder sobre el mismo y deciden sobre las remuneraciones y su relación con las ganancias del capital. Ganancias que nadie duda de su legitimidad, pero dicha legitimidad se pierde cuando esas ganancias se acrecientan a costa de la indigencia de muchos trabajadores a cambio de un lujo innecesario en su vivir.
Entre los grandes dramas de nuestro tiempo esta la «lacra vergonzosa» del desempleo sin que parezca haya voluntad en los estados y en la economía general en reducirla y controlarla de manera eficaz, es que el desempleo como la indigencia genera muchos dividendos para unos pocos y de alguna manera es una forma de poder con lo cual se somete al hombre al arbitrio de los grandes intereses, además la miseria contribuye a la perdición de las almas y no debemos olvidar que aquello es lo que mas desea el príncipe del mundo, el demonio.
Con razón afirma el Padre Menvielle que si la economía pudiese curar este mal «la estabilidad habrá sido devuelta a millones de familias humanas; las economías coloniales y semicoloniales humilladas y postradas por las metrópolis mundiales, habrán cobrado vida propia»(16)
El desempleo es uno de los males que el mundo del trabajo debe tener en cuenta para sostener al hombre, porque el desempleo no implica la posibilidad de no obtener el sustento de la familia sino que como el trabajo es constitutivo de la naturaleza del hombre provoca serios perjuicios en su psiquis. El hombre siempre debía trabajar, el pecado que lesiono toda la naturaleza humana trajo como consecuencia la fatiga y el cansancio. Ciertamente en el estado de «inocencia» el hombre «jamás hubiera permanecido totalmente inactivo»(17), sin embargo el pecado trajo para si los males a consecuencia del trabajo y el hombre con «sudor de su frente comer(a) el pan» (Gen 11, 18).
Estas consecuencias son las que han movido a la Iglesia a promover desde su Doctrina Social los regimenes de Seguridad Social, así el Papa León XIII indicaba que «se ha de proveer diligentemente que en ningún momento falte al obrero abundancia de trabajo y que se establezca una aportación con que poder subvenir a las necesidades de cada uno tanto en los casos de accidentes fortuitos de la industria cuanto en la enfermedad, en la vejez y en cualquier infortunio»(18). Pió XI afirma que deben tomarse las precauciones acertadas «por medio de los seguros públicos o privados, para el tiempo de la vejez, de la enfermedad o del paro forzoso»(19). Juan XXII recordando los derechos del hombre a «los medios necesarios para un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el descanso, la asistencia medica y, finalmente, los servicios indispensable que a cada uno debe prestar el Estado. De lo cual se sigue que el hombre posee también el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad, invalidez, viudedad, vejez, paro y, por último, cualquier otra eventualidad que le prive sin culpa suya, de los medios necesarios para el sustento»(20).
En la misma línea se expresarán Pablo VI y Juan Pablo II, quien siguiendo también a sus predecesores tendrá una especial dedicación a la promoción de la familia, mediante el llamado «salario familiar». Ya León XIII hablaba que «trabajador hay que fijarle una remuneración que alcance a cubrir el sustento suyo y el de su familia (...) No esta fuera de lugar hacer aquí, dice el Pontífice de feliz memoria, elogio a todos aquellos que, con muy sabio y provechoso consejo, han experimentado y probado diversos procedimientos para que la remuneración del trabajo se ajuste a las cargas familiares, de modo que aumentando éstas, aumente también aquella»(21). Siguiendo en esta línea el Siervo de Dios Juan Pablo II afirma que «Una justa remuneración por el trabajo de una persona adulta que tiene responsabilidad de familia es la que sea necesaria para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar, (...) bien sea mediante otras medidas sociales como subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica exclusivamente a la familia, ayudas que deben responder a las necesidades efectivas, es decir, al número de personas a su cargo durante todo el tiempo en que no estén en condiciones de asumirse dignamente la responsabilidad de la propia vida»(22).
Verdaderamente complejo es el campo del trabajo, esa complejidad es a la vez sencilla y solo puede ser resuelta en la mirada fija en el Redentor del mundo. Ciertamente la mirada del hombre debe dirigirse a Cristo y en el encontrará la respuesta porque nuestra naturaleza estaba perdida y El ha salido a su encuentro, estaba caída y el se anonado para elevarla.
También en el ámbito del trabajo Cristo ha querido tocar la misma raíz del trabajo humano y allí junto al banco de Carpintero de San José, aprendiendo de este el modo con sus manos realizo el trabajo y enseñándonos así el verdadero «Evangelio del trabajo»
Pedimos muy especialmente por todos los trabajadores en el día de su Santo Patrono y por aquellos que ya sea como profesionales, como empresarios, como gobernantes tenemos la responsabilidad de hacer obra todo aquello que lleve a reconocer la dignidad del trabajo y del trabajador, pues el primero es para el segundo y no el segundo para el primero como ha afirmado recientemente Benedicto XVI «El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo».
Suplirá la gracia, la deficiencia de la pluma
(2) CIC 365
(3) `Pio XII La Solemnidad de Pentecostés 19 (En adelante LSP)
(4) Gadium Spes 67 *En adelante GS)
(5) Cif. Juan Pablo II Laboren Exerns 6 (En adelante LE)
(6) LE 4
(7) Monseñor Héctor Aguer «La Providencia, la economía y el drama del desempleo» mensaje pastoral con ocasión de la festividad de San Cayetano. Belgrano 7 de Agosto de 1997
(8) Pablo VI Popularum Progressio 27 (En adelante PP)
(9) Pío XI Divini Redemptoris 44 (En adelante DR)
(10) Pío XI Quadragesimo Anno 136 (En adelante QA)
(11) Cif León XIII Rerum Novarum 32 (En adelante RN); QA 71; LSP 19. «Al deber personal del trabajo impuesto por la naturaleza corresponde y sigue el derecho natural de cada individuo a hacer del trabajo el medio para proveer a la vida propia y de los hijos» Juan XXIII Mater Et Magistra (En adelante MM), Pacem In Terris *En adelante PT), GS 67. «.... La Remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual» LE 19
(12) MM 71
(13) RN 14
(14) Cif QA 53
(15) RN 14
(16) Padre Julio Menvielle «Conceptos Fundamentales de la Economía» colección ensayos doctrinarios Cruz y Fierro Editores Bs. As. 1982
(17) RN 13
(18) RN 25
(19) DR 53
(20) MM 135
(21) RN 71
(22) LE 19
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