

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

El día de nuestro Santo Bautismo nuestros nombres fueron inscriptos en el libro del Cielo, y desde aquel instante nos convertimos en ciudadanos de una Patria a la que nuestra alma esta llamada para que al final del destierro, en ella gocemos eternamente de las Glorias del Creador
La única condición es hacer la voluntad de Dios. La aceptación y cumplimiento de esa Voluntad Divina es lo que llamamos santidad. El Padre Lojoya nos enseña que la santidad no consiste en expulsar demonios, hacer milagros, tampoco, agregamos nosotros, en hacer fundaciones o grandes obras, estos son llamados especiales y respuestas generosas, son dones recibidos y puestos al servicio de la salvación de las almas. En definitiva ser santo consiste en responder generosamente al llamado de Dios y ponernos al servicio de las almas, independientemente cual sea nuestro lugar y misión en la sociedad.
En este sentido, queridos amigos, hay muchas almas sencillas que llegan al final de sus días habiendo cumplido con este llamado en su vida cotidiana. Ellos nos dan testimonio que la santidad es posible. Sus nombres no siempre son conocidos más que por aquellos que le rodean, a ellos –principalmente- les legan su testimonio de amor a Dios y en Dios amor a los hombres.
Hoy, he querido traerles uno de estos testimonios de santidad ordinaria, esto es de aceptación y cumplimiento de la voluntad de Dios, que un Parroquiano de Nuestra Señora de la Salud nos ha legado como un ejemplo de vida.
Don José, que en la víspera de la Solemnidad de su santo Patrono – este año trasladada al día 15 de marzo – retornó a la Casa del Padre pero nos ha dejado algunas enseñanzas que quiero compartir con ustedes.
Su piedad, esa piedad propia de quien aprendió lo importante de la fe. Al llegar a la Iglesia, su primer paso era doblar su rodillas y tener un momento de oración frente al Santísimo, como nos enseñará algún dirigente de la gloriosa JAC “primero hay que saludar al Dueño de Casa”, o como aprendimos en el Catecismo uno debe prepararse para la Misa, ni llegar sobre la hora, ni salir corriendo. Piedad en la oración que lo acompañó siempre, sobretodo en el último tiempo, “vive rezando”, nos contaba su hija. Cada momento que tenía lo aprovechaba para un Rosario, para un Ave María, para irse configurando con Cristo, para prepararse a la eterna contemplación y oración. Le dolía el alma cuando veía la impiedad con que muchos de nosotros hoy nos manejamos, como consecuencia de una catequesis casi nula o desacralizante.
Desde su llegada a Argentina don José sirvió el Altar de Cristo, primero como sacristán en varias parroquias y luego ayudando siempre que lo necesitaban, aún en plena enfermedad cuando sus fuerzas lo dejaban estaba allí, ayudando piadosamente ya sea en el ministerio del acolitado, en el de lector o si su voz portuguesa era necesaria para guiar el canto. Años atrás había sido Ministro extraordinario de la Eucaristía, compromiso que asumió con verdadera devoción y entrega. Piedad y devoción en el servicio del Altar es el legado.
Pero hay además una faceta interesante, sobre todo para nuestros días donde parece excluirse el pensamiento cristiano del orden social y económico. Don José tenía conciencia del mandato Social de la Iglesia, hace poco cuando había decidido cerrar su empresa y vender todo, la propiedad por un lado y la maquinas por otros, tenía una sola preocupación que el dinero alcance para “pagar a los empleados lo que corresponde”, no sabemos si habrá podido cumplirlo, pero si que fue su intención hacerlo, despegándose de los bienes materiales.
Por último su enfermedad era mortal, creemos que nadie se lo había dicho pero estamos seguros que lo sabía mejor que nadie y por eso se preparó, pidió los Sacramentos, recibió la comunión cada vez que pudo y, por sobretodo como dijimos, vivió sus últimos días rezando.
Fue un luchador, “luchando” decía, y en este tiempo luchaba no en resistir el encuentro con Cristo sino en no perder las fuerzas para poder prepararse asistiendo a las celebraciones.
Don José, devoto del Santo Patriarca, tuvo la buena muerte que al Padre adoptivo de Jesús pedimos y su vida fue enseñanza en nuestra vida.
Que don José descanse en paz y que su ejemplo ilumine nuestro camino de santidad para que algún día podamos contemplar eternamente unidos al Señor que nos unió en la tierra.
Virgencita de la Salud presenta a este siervo fiel a tu Hijo Nuestro Señor Jesucristo.
Supla la gracia la deficiencia de la pluma
Marcelo Eduardo Grecco
Versailles, junto a la Virgen de la Salud
15 de marzo de 2008
Solemnidad de San José
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