

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Hace veinte años, a los pies de la Virgen, bajo su advocación de Nuestra Señora de la Visitación, tomaba cuerpo esta obra apostólica, de la mano del padre Lojoya y de un grupo de jóvenes que dieron forma a aquel boletín Parroquial Destacamos, entre los que ayudaron al padre, a la hoy familia Gentillini, ya que Daniel y Marita estuvieron en todo lo referente al diseño junto al padre Carlos, seguramente habrá algunos mas que escapan a nuestra memoria pero que están en nuestras oraciones.
Quienes, hace casi cuatro años, continuamos esta obra y muchos de nuestros lectores formamos parte de lo que hemos dado en llamar la «comunidad errante de Nuestra Señora de la Visitación». Las piedras vivas de aquella Parroquia, en los gloriosos años, que dispersos por el mundo continuamos en la Fe y en el apostolado por Nuestro Señor Jesucristo, como supo enseñarnos el Padre Carlos. Hoy, como entonces, estamos «bajo el amparo» de Nuestra Señora.
Entonces, hoy celebramos nuestra Fiesta Patronal, las patronales de esta comunidad de «piedras vivas» que dispersos estamos unidos por el amor de la Madre. Propicia es la ocasión para contemplar este misterio y descubrir su enseñanza. Momento ideal para mirar el rostro de la Virgen y su actitud misionera que nos interpela y nos llama a la vez a mirarnos e imitarla en el desafío de la nueva evangelización.
¡María, la primera misionera!. Ella marcha «apresuradamente» a la casa de Isabel a servirla. Pero no en un servicio estéril, sino en el servicio de la Caridad, el servicio por amor a Dios y en Dios. Lleva en su seno al Salvador del Mundo y lo anuncia con su presencia, con su saludo. El saludo a Isabel fue el medio sencillo, pequeño y humilde por el cual Cristo quiso revelarse a Isabel y a su precursor, a aquel que habría de ir «delante de Él a preparar sus caminos, para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación, en la remisión de sus pecados» (Lc I, 76-78).
Leemos en el evangelio que María «entro en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió cuando Isabel oyó el saludo de María, que el niño dió saltos en su seno e Isabel quedo llena del Espíritu Santo.«(Lc I, 40-41). ¿Ven?, el solo gesto del saludo basto para el anuncio, esas sencillas palabras de María llegaron hasta la intimidad de Isabel, hasta la pequeñez del niño que llevaba en su seno. Por esas sencillas palabras la gracia actúo, y Juan, en el seno de su madre, conoció la Redención y al Redentor, tuvo la anticipación del Bautismo y él y su madre fueron llenos del Espíritu Santo que les hizo reconocer en María no solo a la prima que venia a ayudar sino a la «Madre de su Señor» (cif. Lc I, 43) que traía al Salvador y fueron participes del misterio de la Encarnación y de la alegría de la Salvación.
María, ejemplo y modelo para nuestra misión, la de cada día, la de cada minuto, en todos los ambientes y en todas las vocaciones. La misión en la vida: ser testigos del amor de Dios, heraldos del Verbo Encarnado, anunciadores de la Buena Noticia de la salvación a todas las almas.
Ciertamente necesitamos primero estar abiertos a escuchar en nosotros esta buena Noticia, a descubrir el mensaje de amor que hemos recibido por el Bautismo. La conversión interior que nos mueve plenamente a Dios, y nos ayuda a reconocer su presencia en nosotros desde el Bautismo. Y renovados por la gracia de los Sacramentos quedemos inundados del Espíritu Santo, llenos del fuego de su amor, que nos quema, no podemos dejarlo en nosotros, sino que el mismo ardor nos lleva a extenderlo por el mundo.
«Porque el bien es difusivo de sí, - dice el Padre Lojoya- tiene que ser difusivo de sí. Cuando uno recibe un bien, un bien como la salvación, no puede callarlo, tiene que proclamarlo con los labios, tiene que proclamarlo con la vida. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!, va a decir San Pablo (1 Cor IX, 16), ¡ay de mí!»(1).
Esta aquí la explicación de cuán grande es el ardor evangelizador de las almas que los Santos han mostrado. En los Sacramentos encontraban el ardor por el anuncio de la Buena Noticia de la Encarnación y de la locura de la Cruz. Llevaron los Santos, a ejemplo de María en la Visitación, la doctrina de Cristo sin medias tintas, sin falsas prudencias, evangelizando con su palabra y con su vida, a tiempo y a destiempo. El bien los quemaba y no podían callarlo.
Cristo tuvo sed en la Cruz su sed de almas y que las almas tienen sed de Dios «¿No lo escuchas cuando caminas por las calles, al ver la televisión, al leer los diarios, al escuchar la radio, en fin al transitar por el mundo...?. ¿No lo sientes al ver a los jóvenes como buscan saciarla con el vinagre de la droga, el alcohol, las falsas pasiones, los ídolos de barro y lodo...? ¿No le escuchas en los adultos en su desesperada búsqueda, en su permanente adoración de los becerros de oro y su interminable consumismo que los devora en su ser...?. ¿No lo notas en la soledad de los abuelos; en la debilidad de los enfermos; en la angustia de los prisioneros; en la tristeza de muchos niños del mundo moderno, aún de aquellos que no les falta lo indispensable para comer, es más, le sobra...?», ¿No siente tu alma esa sed de Dios?.
Y al darnos cuenta de esto ¿No crece en nosotros un anhelo evangelizador? ¿No queremos saciar esa sed de las almas de Cristo y de Cristo por las almas
Cristo nos convoca a todos a ser misioneros, a anunciar sin cesar esta Buena Noticia que hemos recibido por las aguas del Bautismo. Misioneros sencillamente en nuestra vida, que al vernos vean a Cristo en nosotros, al oírnos oigan la «Palabra de Vida Eterna» que es Cristo. Que la alegría cristiana este reflejada en el rostro y que al contemplar nuestra mirada la luz de la Gracia este en nuestros ojos donde todos vean «la mirada de Jesús». Servidores y esclavos del Señor, como María, en el estado que nos quiera y en el ambiente que Él elija para nosotros. Como María misioneros con la palabra y la vida.
En los gestos pequeños y humildes, el anuncio de la doctrina del Verbo Encarnado y de la locura de la Cruz. Sin medias tintas, ni falsas prudencias llevemos, como Francisco Javier, de manos de Peman en su «Divino Impaciente», la doctrina de un condenado:
«De un condenado de amor,
Que nos amo de tal suerte,
Que nos dió vida en su muerte
Y esperanza en su dolor;
De un generoso Señor
Que para todos tenía
Una palabra de miel,
Y a los parias atendía,
Y a los niños decía
Que se acercasen a Él;
¡De un Dios que en la Cruz clavados
Tiene ya, los pecados
De todos los pecadores,
De tanto abrirlos de amores,
Los brazos descoyuntados!»
Supla la Gracia la deficiencia de la pluma.
Marcelo Eduardo Grecco
31 de Mayo de 2004
Fiesta de Nuestra Señora de la Visitación
(1) Homilía: «La Santidad Ordinaria» del libro «Sembrador... Semblanza y escritos del Padre Carlos Alberto Lojoya» R.P.Miguel Fuentes V.E. Ediciones del Verbo Encarnado 2000
Diseñado por www.presentesyrecuerdos.com - Desarrollado por www.ledatasistemas.com.ar