Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Mayolica

«Apresuradamente» Demos A Conocer El Mensaje De La Salvación

«En aquellos días, María se levanto y fue apresuradamente a la montaña,
 a una ciudad de Judá; y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel»
(LC 1, 39-40)

Como ustedes saben, queridos lectores, quienes hacemos «El Caballero de Nuestra Señora» y muchos de ustedes formamos, lo que hemos denominado, «la comunidad errante» de la Visitación, a la que se han incorporado todos nuestros lectores. Como comunidad, entonces, tenemos por patrona a Nuestra Señora bajo la adveración de la Visitación. De ahí que ante su fiesta volvamos nuestra mirada hacia ese misterio de la vida de nuestra Madre, y al contemplarle nos surgen algunas reflexiones, que queremos compartir.

«Apresuradamente» salió María al encuentro de su prima y fue allí a ponerse a su servicio. Pero si bien María fue a ponerse a su servicio, no menos cierto es que llevo la gran noticia de la Salvación y de la llegada del Salvador. El Verbo se había hecho carne en su seno y Ella lo anuncio con su solo saludo.

La contemplación de esta escena de la vida de Nuestra Madre nos hace centrar la mirada en esa hermosa vocación que tenemos todos los Bautizados de llevar la Buena Nueva de Cristo nuestra Salvador. Hemos recibido la Luz y la hemos recibido no para ocultarla bajo la mesa sino para que sobre ella se expanda y disipe todas tinieblas.

La misión de la Iglesia, que es nuestra misión, tiene, a mi humilde entender, tres campos de acción urgente.

1- El primero, el personal. Quien evangeliza, debe haber sido evangelizado, ha dicho con certeza un Obispo Argentino semanas atrás, esto es que quien quiere anunciar el Evangelio debe haberse dejado penetrar por él  y vivir en él. Por tanto para cumplir nuestra misión con rectitud debemos penetrar en los misterios evangélicos. La lectura atenta y meditada de las Sagradas Escrituras, guiados por la enseñanza de la Iglesia que es Madre y Maestra. En este sentido es necesario que recordemos la necesidad de la lectura de la Sagradas Escrituras guiados por el Magisterio y los Papas, y no por nuestras propias inclinaciones que aunque con buenas intenciones las mas de las veces distorsionan el mensaje real que Cristo ha dejado a su Iglesia. La formación doctrinal en el estudio serio del Catecismo y del Magisterio de la Iglesia, sobretodo a través de las encíclicas y cartas apostólicas que los Santos Padres nos han dejado abarcando casi con totalidad los temas que hacen a nuestro peregrinar en esta vida, iluminando así con la Luz del Evangelio las cosas cotidianas de la vida de los Bautizados. Nuestra vida no puede dejar de estar iluminada por el testimonio de aquellos que imitaron en su peregrinar al Divino Modelo, la contemplación de la vida de los Santos debe servir de guía en nuestro propio camino de santidad.

Ciertamente esta formación doctrinal ha de estar acompañada de una vida de Gracia, sobretodo a través de los Sacramentos, manantiales del amor misericordioso de Dios y fuerza para nuestras debilidades. Recuerdo aquellos hermosos versos que se cantan ante Jesús Eucaristía:

“Tú del fuerte eres dulzura.
Tú del débil eres vigor. »

Toda obra apostólica debe estar sustentada y fundamentada en una vida de oración, de Gracia, una vida sacramental, de lo contrario ¿Qué podemos dar, sino la nada de nuestro ser?

2- El segundo de los campos de acción es, sin duda, la evangelización ad-intra de la Iglesia. Quienes recorremos las comunidades o hablamos con los jóvenes, conocemos una la falta de formación a la que estamos sometidos, cuando no a una lisa y llana deformación por el progresismo que ha minado las tantas veces mencionadas «reservas de fe de nuestro pueblo». Es necesario despertar y adherir plenamente al Magisterio de la Iglesia y de los Pastores, son realmente aleccionadoras las palabras del, entonces, Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, cuando en la Misa por la elección del Papa:

«Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuantas modas del pensamiento… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir en el error (Cf. Efesios 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar «zarandear por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas.

Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. «Adulta» no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.

Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene lugar en la caridad. San Pablo nos ofrece, en oposición a las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, una bella frase: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como «un címbalo que retiñe» (1 Corintios 13, 1)».(1)

Hay corrientes y hay mareas que arrasan con la fe, las almas merecen el cuidado de los pastores, en primer lugar, de los catequistas y por supuestos de los padres.

3- El tercer campo de acción es la misión ad-gentes, el cumplimiento del mandato de Cristo «Id por todo el mundo y anunciar el Evangelio». Decía el Santo Padre Juan Pablo II, de feliz memoria,  en la encíclica Christifideles Laici que «los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio»(2), de esa Buena Noticia que es Jesucristo, Salvador del mundo. Y ese anuncio debemos darlos a todos los hombres, pues Cristo murió en la Cruz por todos y cada uno de los hombres.

El desconocimiento de Cristo no es solo en aquellas regiones donde la voz del Evangelio no ha llegado, sino que hoy es también en estas tierras que hace quinientos años los misioneros trazaron con la cruz de Cristo y que hoy es sacudida por la invasión de este relativismo y negación de Dios a través de las sectas y del ateísmo militante que tiene su mayor expresión en los medios.

Al caminar por nuestras ciudades, al hablar con los jóvenes y adultos, al ver los medios de destrucción masiva (perdón de comunicación masiva) vemos que hay millares de personas que no han conocido a Cristo, aun muchos de los que fueron bendecidos por la Gracia del Bautismo. A todos ellos estamos llamados a llevarle nosotros «apresuradamente» el mensaje de Cristo, a iluminarlos con la Luz que hemos recibido, pues «urge en todas partes  rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. (....) Los fieles laicos -debido a su participación en el oficio profético de Cristo- están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana -más o menos conscientemente percibida e invocada por todos- constituye la única respuesta valida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Ello será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»(3)

A Ti dulce Señora nos encomendamos para que imitándote podamos «apresuradamente» salir al encuentro de nuestros hermanos  y en nuestro servicio anunciarles la Buena noticia de la Salvación. Amén

Supla la Gracia la deficiencia de la pluma

 

Marcelo Eduardo Grecco
Versailles, junto a la Virgen de la Salud,
31 de Mayo de 2005
Fiesta de Nuestra Señora de la Visitación

(1) Homilía del cardenal Joseph Ratzinger, decano del Colegio cardenalicio, en la misa «por la elección del romano pontífice» en la Basílica de San Pedro del Vaticano el 18/04/05 reproducida en el numero 79 de nuestra revista

(2) Christifideles Laici 33

(3) Idem

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