

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

«El primer mandamiento nos prohíbe la idolatría», esto es «dar a una criatura cualquiera, por ejemplo una estatua, a una imagen, a un hombre, el culto supremo de adoración debido a Dios», nos explica San Pío X en el Catecismo.
Santo Tomas de Aquino en sus «Escritos Catequísticos» da las razones de porque el hombre idolatra a quienes no son Dios: «El primero es la debilidad del entendimiento. Ciertos hombres de débil intelecto, no siendo capaces de sobrepasar el orden de lo corpóreo, no pensaron que pudiera existir algo por encima de esta naturaleza de los cuerpos sensibles; por ello, entre todos los cuerpos, creyeron rectores y gobernadores del mundo a los que les parecían más hermosos y dignos, y les tributaron honores divinos y culto: tales son los cuerpos celestes, el sol, la luna y las estrellas. A éstos les ocurrió lo que a uno que va a la curia regia, y queriendo ver al rey piensa que es el monarca todo el que encuentra bien vestido o con cargo. De ellos dice: "Tuvieron por dioses, gobernadores del universo, al sol y la luna, o a la bóveda estrellada" (Sap 13,2). "Alzad al cielo vuestros ojos, y mirad hacia abajo a la tierra: porque los cielos se desharán como humo, y la tierra se gastará como un vestido, y como estas cosas perecerán sus moradores. Pero mi salud por siempre será, y mi justicia no faltará" (Is 51,6). El segundo motivo procede de la adulación. Algunos hombres, queriendo adular a sus señores y reyes, les tributaron el honor debido a Dios, obedeciéndoles y sometiéndose a ellos: a unos los consideraron dioses luego de su muerte, a otros aun en vida: "Sepa todo el mundo que Nabucodonosor es el dios de la tierra, y que fuera de él no hay otro (Idt 5,29). El tercero procede del afecto carnal a los hijos y parientes. Algunos, por el amor excesivo que tenían a los suyos, encargaban estatuas de ellos después de su muerte, y de ahí se pasó a dar culto divino a esas estatuas. De éstos se dice: "Porque los hombres, condescendiendo con sus afectos o con sus reyes dieron el nombre incomunicable a las piedras y a los leños" (Sap 14,21). El cuarto motivo es la malicia del diablo. Desde el principio quiso equipararse a Dios; él mismo dice: "Pondré mi trono de la parte del Aquilón, subiré al cielo, y seré semejante al Altísimo" (Is 14,13‑14). Y de esta pretensión suya aún no se ha apeado. Por ello, todo su interés reside en que los hombres le adoren, y le ofrezcan sacrificios; no porque le deleite el can o el gato que se le ofrece, sino el que se le dé reverencia como Dios; en este sentido dijo al mismo Cristo: "Todo esto te daré, si postrándote me adoras" (Mt 4,9). Y de aquí vino también el que, introduciéndose en los ídolos, pronunciasen oráculos: para ser venerados como dioses. "Todos los dioses de las naciones son demonios" (Ps 95,5); "lo que inmolan los gentiles, a los demonios lo inmolan, que no a Dios" (1 Cor 10,20).»
En nuestros días y en nuestra argentina la idolatría se ha hecho presente de manera descarada, se ha afirmado hablando de un futbolista que nadie puede dudar de sus meritos en el arte de la pelota pero que lejos esta de ser un modelo y ejemplo de vida para nadie, y aunque lo fuera no podríamos nunca dar por valida la pretensión de un canal de televisión de darle el nombre de Dios. «La noche de Dios» se anuncia una y otra vez por los medios de comunicación para promover el programa que conduce el Sr. Diego Maradona. Pero la cosa es mas grave porque en ese mismo canal (13) y en un programa para grandes pero hecho con chicos, abusando de esa niñez y la inocencia de esos chicos a los cuales se los corrompe, se hizo rezar una oración símil al Padre Nuestro pero mutando el nombre del Padre por el de Maradona. Hay incluso una «iglesia maradoniana» en la cual se le rinde culto a este pobre hombre.
Lo peor de todo que aquellos que adoramos al Dios uno y trino hemos callado vergonzosamente, o mejor dicho hemos actuado de manera que da a entender que nos hemos acostumbrado a la blasfemia, al insulto descarado a nuestro Dios, pues no solo quedamos callados sino la aprobamos al hacernos participes de estas cosas. ¿Cuántos hogares católicos han visto este programa? ¿Cuántos padres han apagado el televisor explicándoles a los hijos lo que estaba ocurriendo?.
Dice el Doctor Angélico, «quien pone algo al mismo nivel de Dios, injuria a Este grandemente: "¿Con quién habéis comparado a Dios" (Is 40,18).» y quienes callan ante esta injuria son cómplices de la ofensa a Dios Nuestro Señor.
Algún amigo pensara que esto que decimos es exagerado, pues lamentamos decirle que no lo es. Podrán decirnos que nos molesta que usen el Santo Nombre de Dios para llamar a este hombre, criatura de Dios, y tendrán razón y lo grave sería que no nos molestara, lo grave sería que no reaccionáramos, pues habríamos caído en la desacralización que tanto se pregona, negándole a Dios el honor y la Gloria que tiene, negándole el culto que solo a El debemos dar.
Rezamos y hacemos penitencia por este agravio a Dios Nuestro Señor, rezamos por quienes lo hacen y por quienes callan miserablemente, haciéndose cómplices de la injuria.
El Padre Lojoya solía decir «de Dios nadie se ríe», tengámoslo en cuenta y recordemos que El además de ser Infinitamente Bueno y Misericordioso es Infinitamente Justo.
Supla la Gracia la deficiencia de la pluma para Mayor Gloria de Dios y Salvación de las almas.
Marcelo Eduardo Grecco
Versailles, junto a la Virgen de la Salud,
12 de Septiembre de 2005
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