

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Al peregrinar por el mundo vemos y nos dolemos por nuestros niños de la calle hambrientos de amor y de alimentos, por los jóvenes sin rumbo que pasan a nuestro lado y que vemos como caminan hacia su propia destrucción; por la indigencia de muchos y la pomposidad de otros; por la pauperización del trabajo y la negación de la dignidad humana; vemos como toda la sociedad desde los más pobres a los más ricos, desde los ignorantes hasta los supuestos "intelectuales", desde los analfabetos hasta los "leídos" adoran al becerro de oro, al propio yo y niegan a Cristo. Grita toda la sociedad de hoy, como los posaderos de ayer "No hay lugar" para el Redentor.
Al ver esta sociedad y al contemplar al Niño del pesebre, que por la revelación del Bautismo ya no podemos contemplar sin ver la Encarnación y el Misterio de la Cruz, nos damos cuenta que es Él quien falta, es a Él a quien la gran mayoría de la gente no ha llegado a descubrir y otra tanta lo rechaza dejando para el solo un pequeño momento cuando el dolor lo sacude o cuando le es demasiado evidente su nada y la debilidad de sus fuerzas.
Aquellas dulces manitos besadas por San José no pueden ya desprenderse de los fríos clavos que la atravesaron.
Aquella dulce cabecilla que acaricia María Santísima no puede ya ocultar las espinas que atraviesan las sienes.
Aquel costado frágil del Niño, no puede no verse abierto de amor por los hombres.
El Niño no puede verse en el pesebre sin pensar en la Cruz, ni en el triunfo Glorioso de la Resurrección.
Porque no quiere ocultar que es el Redentor del mundo, que es el Verbo Encarnado que es Aquel "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios (y) se anonado a si mismo y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz".
Y no solo no ha querido ocultarlo sino que además ha querido llegar a todos los hombres, dando por todos y por cada uno su sangre y ha dejado la Barca de la Iglesia para que ella en sus hijos Bautizados sea el anuncio de esta buena noticia y puede saciar la Sed que de almas tiene el Señor y que las almas tiene del Señor.
¿Será que nos hemos olvidado de esta misión, la principal causa de una sociedad sin Dios?
¿Será que dentro de la Barca dejamos de lado el Misterio de la Encarnación para solo mirar la humanidad de Cristo y en un horizontalismo perverso también nosotros nos hacemos adoradores del becerro de oro?
¿Cuantos de aquellos que nos confesamos católicos estamos en estas horas mas preocupados por el lechón, el chivito o el asado; por el pan dulce, los turrones y las nueces; por la sidra, el champagne o la fresita, por los regalos, las compras y los brindis. Corriendo por todo esto en vez de estar preocupados por los horarios de Misa, que en las lecturas piadosas, que en la enseñanza a los niños de quien y para que viene?
Que el mismo Niño de Belén nos haga darnos cuenta del don infinito de la Fe que hemos recibido en el Bautismo y que sepamos no solo no ocultarlo sino que darlo a conocer con entusiasmo para que todos puedan conocer que allí en Belén, en ese pobre y humilde pesebre se encuentra nada menos que el Salvador de las almas, que cada uno comprenda que esta su Redentor.
Que podamos restaurar todo en el Niño que Reina, en su humilde cunita de paja, porque no hay lugar para El en las posadas. ¿Lo habrá en nuestro corazón...?
Suplirá, sin duda, la gracia la deficiencia de la pluma
Marcelo Eduardo Grecco
Versailles, junto a la Virgen de la Salud
23 de Diciembre de 2005
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