

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Don para la Iglesia es el Sacerdocio. Don que permite al alma acercarse íntimamente a Dios, a través de los sacramentos.
Las manos del Sacerdote ungen con los oleos nuestros cuerpos y derraman sobre nosotros el agua que nos purifica del Pecado. Por el Sacerdocio se manifiesta la inmensa Misericordia de Dios que perdona nuestras miserias y pecados, por los meritos de la Cruz de Cristo, a través del sacramento de la Penitencia. Por el Sacerdocio la inmensidad del amor de Dios se hace presente en el Altar; Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, se da a Sí mismo en el Sacrificio perenne, hace suya la voz del Sacerdote que convierte la fragilidad del pan y del vino en su mismo Cuerpo y Sangre. En la plenitud Sacerdotal compartida a los Obispos, el Señor nos confirma en la Fe.
Por el Sacerdocio se hace palpable el consuelo y la fortaleza en el dolor y en la debilidad de la enfermedad, la Unción da al alma la esperanza de su Pascua. Es el Padre y Pastor quien, en el Sacerdocio, acompaña y bendice la unión de los Esposos. Por ese inmenso don, el Obispo perpetúa para las nuevas generaciones la gracia del Sacerdocio en la ordenación de nuevos ministros.
¡Don para la Iglesia y para las almas!
Don para el hombre que ha sido tomado de entre los hombres para servir a las almas sirviendo a Cristo y a su Iglesia. Ciertamente, aquel que ha recibido la llamada ha sido bendecido de manera extraordinaria por el Señor, recibe ya en esta vida el «ciento por uno» en dones y gracias.
Don para la familia, en especial para los padres, el fruto de su amor es entregado, es ofrecido para la Gloria de Dios y la salvación de las almas. Gracias espacialísimas para aquel hogar bendecido de esta manera por Dios.
Como vemos ya el don del Sacerdocio trae, en si mismo, infinitas gracias. Cuánto más cuando se vive más santamente. ¡Cuánto mayor el bien que harán! ¡Cuánto mayor los frutos que el Dueño de la viña cosechará!
Como el bien es difusivo, la gracia dispensada no quedará encerrada en el hombre ungido por el ministerio y su entorno familiar, sino que esa gracia ha de dispersarse entre aquellas almas que Dios ponga en su camino y aún mas en toda la Iglesia, que como Cuerpo de Cristo al recibir la Gracia en uno de sus miembros recibe el beneficio todo el Cuerpo.
Nosotros, y nunca también como hoy usada la tercera persona, hemos recibido ese don, esa gracia que se dispensa a través del Sacerdocio vivido en santidad, en entrega y en ardiente amor a Cristo, a la Iglesia y a las almas.
Cuando uno se cruza con gente de nuestra misma edad y descubre la chatura de su formación o directamente su ignorancia, cuando ve su errónea formación, cae en la cuenta del gran don y las innumerables gracias que Dios le ha concedido al conocer sacerdotes de la talla del Padre Carlos Alberto Lojoya, que nos enseñaron el camino por donde descubrir lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero.
Y al darse cuenta de la Gracia no puede dejar de pensar en la gran responsabilidad que se nos ha confiado porque nos han dado la Luz no para esconderla bajo la mesa del egoísmo y la mediocridad, sino para hacerla brillar en todo tiempo y lugar.
¡Inmenso Don!
Don que mueve, entonces, a dos acciones fundamentales, por un lado a la acción de gracias y por el otro a la acción evangelizadora.
Por eso hoy queremos expresar nuestra Acción de Gracias por el sacerdocio del Padre Carlos Lojoya, ese sacerdocio que hace 35 años (el 15 de abril de 1972) recibía de manos de Mons. Laise en la histórica Parroquia de la Inmaculada Concepción de Independencia y Tacuarí, en Buenos Aires.
Es el sacerdocio del Padre Carlos don para de quienes gozaron de su paternidad espiritual y su alma de pastor en la querida provincia de San Luis; en San José de Flores, donde tantas almas experimentaron la Misericordia y tantos hijos decidieron seguir sus pasos; en la Parroquia de San Rafael Arcángel aunque en un paso fugaz; en la UCA y en amada Parroquia de la Visitación, donde nació «El Caballero de Nuestra Señora», que hoy, sin merito alguno, nos ha tocado en suerte continuar. Aquella Parroquia donde maduramos nuestra fe, ese centro de cultura católica o como mejor lo llama el Padre Sato «centro religioso de primera envergadura» (1).
No podemos, no debemos dejar de pensar en aquellos muchos hijos del Instituto del Verbo Encarnado a quienes la gracia del sacerdocio del Padre Carlos les ilumino el camino.
Damos gracias por su sacerdocio que donó a la Iglesia y a la Patria hombres comprometidos y hasta héroes, como muchos hijos que ofrendaron sus vidas en Malvinas. Damos gracias porque él nos demostró la fertilidad del sacerdocio vivido santamente, de su siembra la Iglesia cosecho un ramillete de sacerdotes que hoy están dispersos por el mundo. Damos gracias por «El Caballero de Nuestra Señora» que desde el Cielo guía y dirige.
A la vez, que expresamos nuestra gratitud, renovamos nuestro compromiso evangelizador y pedimos a Dios la fortaleza de ser viento fuerte que lleve la buena semilla. Semilla que el Padre Carlos nos ha dejado para que podamos difundir lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, contribuyendo, desde nuestro estado de vida, a la salvación de las almas y a la «mayor gloria de Dios».
Junto a los fieles de San Luis, de San José de Flores, de San Rafael, por la querida «comunidad errante de la Visitación», por sus hijos sacerdotes y seglares comprometidos y por todos los que hoy hacen y reciben «El Caballero de Nuestra Señora», fruto de aquel Sacerdocio santo, elevamos un himno de alabanza, en gratitud al Padre por el don del sacerdocio del querido Padre Carlos Alberto Lojoya, quien en el Cielo de seguro ruega junto y por nosotros.
Supla la Gracia, la deficiencia de la pluma. Salve la Gracia a nuestra querida Patria
(1) Perfiles Sacerdotales Padre Carlos Lojoya (1941-1990) 6 de Diciembre de 2000 (Homenaje a 10 años de la muerte del Padre Lojoya)
Marcelo Eduardo Grecco
Versailles, junto a la Virgen de la Salud
15 de Abril de 2007
Domingo de la Octava de Pascua
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