

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

En esta ceremonia en la que se mezclan sentimientos tan encontrados como son, una austera alegría y una suave tristeza, vamos a confiar los restos mortales del P. Lojoya, al abrigo de este privilegiado trozo de la tierra de San Luis, que Monseñor Lona ha consagrado a un alto destino eclesiástico: ser relicario bajo cuya custodia quedarán los restos de todos aquellos sacerdotes que sembraron y construyeron el Reino de Dios en esta porción de la Iglesia Católica que es esta querida diócesis cuyana.
Tengo la seguridad de que el P. Carlos que aunque invisible, está ahora junto a nosotros como los ángeles custodios que nos asisten sin dejar el seno de Dios, el P. Carlos se está alegrando de que aquella parte mortal de su ser que fue el vestido y el instrumento exterior de su alma inmortal, va a formar parte desde ahora de esta tierra que él tanto amó y en la cual durante tantos años sembró la Palabra de Dios, esta tierra en la cual sus restos van a esperar con paciente esperanza, acompañados por el filial afecto de todos ustedes, la gloria de la Resurrección. Cuando llegue ese feliz momento, en la consumación de la historia y la llegada triunfal del Señor de los señores y justísimo Juez universal, el P. Carlos vendrá a buscar aquí a San Luis su cuerpo, en adelante glorificado y todos ustedes también entonces transfigurados a la medida que corresponde a ciudadanos celestiales, LE HARAN CORTEJO para ir a habitar en cuerpo y alma, juntos y ya inseparables, en la mansión magnífica y dichosa de la gran familia de los triunfantes hijos de Dios.
El P. Carlos se está alegrando de la ceremonia que estamos realizando, porque en medio del moderno paganismo que se desentiende cuanto antes de sus difuntos, nosotros con ella proclamamos la afirmación católica del respeto y valoración que Dios quiere que se tenga con el cuerpo de sus hijos que han finalizado su peregrinación terrena y estamos cumpliendo lo que la Iglesia determinó en el Concilio de Trento declarando: D. 985 Deben ser venerados por los fieles los sagrados cuerpos de los Santos y Mártires y de los otros que viven en Cristo, pues fueron miembros vivos de Cristo y templos del Espíritu Santo (1Cor. 3,16 - 6,19) que por El han de ser resucitados y glorificados para la vida eterna, y por los cuales hace Dios muchos beneficios a los hombres.
Cuando pues vengamos a orar al sepulcro del P. Carlos, tengamos muy presente que encierra restos que fueron miembros vivos de Cristo, templos del Espíritu Santo y depositarios de la promesa divina de florecer un día en resurrección. Por esta razón Dios ama estos restos de su amigo y su Espíritu planeará sobre ellos como esos perfumes, intensos que alguna vez impregnaron una habitación, un objeto, una prenda y que luego por mucho tiempo no aciertan a separarse totalmente de ellos.
Es por eso que en el caso de los grandes santos, Dios se complace en hacer beneficios por medio de sus restos. El beneficio que pido a Dios ahora es que la presencia de estos restos del P. Carlos, renueve y reafirme en todos los que fueron sus discípulos la fe valiente y la inquebrantable fidelidad a Cristo que él les enseñó. Que así sea.
Diseñado por www.presentesyrecuerdos.com - Desarrollado por www.ledatasistemas.com.ar