Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Mayolica

Septiembre de 2008

El 14 de Septiembre del año 335 fue dedicada la Basílica del Monte Calvario, por el Emperador Constantino, en el lugar donde Santa Elena, su madre encontró la Cruz del Señor. La Iglesia conmemora este hecho celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y en ella celebra la Cruz, pues ella es gloria para los Cristianos, es el “árbol de la cruz, donde estuvo sostenida la redención del mundo”, canta la liturgia el Viernes Santo. La Iglesia nos invita a poner nuestra mirada en el Calvario y en Cristo Crucificado de manera especial en este día, es también una manera de recordarnos que por allí pasa la Salvación del hombre y no por otro lado.

La cruz es el signo del cristiano, cuando nace a la Fe es signado con ella, efectivamente, uno de los primeros ritos del Santo Bautismo que hace el ministro junto a padres y padrinos es el signo de la cruz sobre la frente del que se bautiza. Toda la vida cristiana transcurre junto a la cruz, en especial en la Santa Misa, culmen de la vida cristiana. La Santa Misa es el momento donde el cristiano contempla de manera especialísima la Cruz del Redentor, en ella se continúa aquel Sacrificio de Amor de Cristo, por ello el Concilio de Trento ha exclamado que “El Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa son uno solo y mismo Sacrificio”. La Santa Misa es el mismo sacrificio del Gólgota.

Querido lector, que llegas a estas páginas durante este mes de septiembre, te invitamos, entonces, a que vuelvas a contemplar con nosotros el misterio de amor, el camino de Salvación, la puerta del Cielo, la Cruz de Cristo y al Cristo Crucificado que ha aceptado voluntariamente la Cruz por amor al Padre y a los hombres.

Posemos nuestra mirada en el hombre Dios, en el Dios hombre, que pende agonizante. “Su rostro refleja un dolor atroz. Su cabeza está coronada de espinas. Sus manos y pies, traspasados por tres clavos, que lo fijan al madero. Su costado, está abierto por un golpe de lanza. De él ha brotado sangre y agua. Su cuerpo está enteramente llagado. La Sangre parece querer cubrir la desnudez a la que los verdugos lo han expuesto. Un hombre que ha sido humillado, golpeado y torturado hasta la muerte, colgado del patíbulo”. Y tanto sufrimiento por una sola causa, el amor de Dios a los hombres, que en el pecado de Adán habían perdido la ligazón con su Creador y aquella ofensa hubo de ser reparada solo con la Encarnación del mismo Verbo de Dios, quien no sólo se hizo igual a nosotros en todo menos en  el pecado sino que pagó con su sufrimiento nuestra Redención, nuestra Salvación. Por ello los cristianos nos gloriamos, como dice San Pablo, en el Cruz de Jesucristo.

Pero, lector amigo, tú y yo también tenemos nuestra cruz, como la tienen todos los hombres solo que los hombres de fe ven aquella cruz personal de manera distinta que los que no tienen fe, ni esperanza y sin fe ni esperanza es difícil el amor. La cruz es amor, amor de redención, es el camino del cristiano “quien quiera venir en pos de mi, que cargue su cruz y me siga” ha dicho Cristo. Este “cargar” la cruz significa aceptarla y aceptarla por amor.

Algunos se dejan llevar por aquellos que le dicen “Pare de sufrir” como si el sufrimiento pudiese extirparse de la vida humana de manera mágica, otros rechazan la cruz con odio y resentimiento, y con semejante sentimientos lejos están de tener esperanza incluso llegan a la desesperanza.

Otros, como San Dimas el buen ladrón, aceptan la cruz, como una manera de pagar las culpas por los crímenes y pecados pero arrojándose a la Misericordia de Dios. Otros, como tantos santos en la Iglesia, la aceptan y la ofrecen. Aceptan que ella es una hermosa manera de pagar la culpa del pecado personal, pero además la ofrecen por aquellos que caminan en la vida indiferentes como si Dios no existiera y aún más por aquellos que rechazan a viva voz a Dios y pasan sus días atacando e insultando, profanando el Santo Nombre de Dios, por ellos muchos ofrecen sus dolores, reparando con ese sufrimiento las ofensas que a diario recibe Nuestro Señor.

¿Con quién nos identificamos nosotros?

La cruz no es fácil de llevar, vaya si lo sabe Cristo que ha caído en tierra tres veces, aún ayudado por el Cirineo, por eso el mismo nos ha dejado el auxilio de los Sacramentos y de la Gracia que en ellos se dispensa.

Pero aún así hay momentos en que la subida a nuestro Monte Calvario se nos hace muy difícil, que crucificados nos sentimos abandonados, entonces allí es necesario bajar nuestra cabeza y ver a quien esta de pie y al pie de nuestra cruz, como estuvo frente a la de su Hijo, la Madre de los Dolores, su mirada nos devolverá las fuerzas y podremos junto a Ella ofrecer nuestra propia vida, nuestra cruz y con Cristo y Maria ofrecer aquella cruz para la Salvación del mundo.

Querido amigo te invitamos, entonces, a arrojarnos al amparo de la Señora de los Dolores para que Ella que es nuestra Madre, desde la Cruz, nos auxilie en este caminar, por eso le decimos:

 

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies nuestras súplicas en las necesidades,
antes bien líbranos de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.
 Amén.

Diseñado por www.presentesyrecuerdos.com - Desarrollado por www.ledatasistemas.com.ar