Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Mayolica

Octubre de 2008

La vocación del hombre es la Felicidad, la posibilidad de alcanzar la Bienaventuranza, la vocación del alma es, pues, la santidad. El cristiano desde el Bautismo es consciente que ha nacido para salvarse, no ha sido creado para lo frágil y perecedero de este mundo. Sin embargo, como es él mismo frágil, tan frágil como la vasija de barro. Una y otra vez cae y deja engañarse con aquellas mismas palabras por las que cayeron Adán y Eva “seréis como dioses”. Sí, lector querido, el pecado es una triste realidad de nuestra alma y de nuestra sociedad, que cada vez más se deja engañar por el Príncipe de este mundo.

Hubo un momento en que el pecado arrasaba con las almas y se obstaculizaba la conversión de los albigenses, parecía que nada de lo humanamente posible lograría sacudir las almas para que encontrarán y abrazarán su verdadera vocación. Viendo esto, Santo Domingo Guzmán se retiro a un bosque para hacer oración y penitencia, no cesando de gemir, llorar y de macerar su cuerpo con disciplina, a fin de apaciguar la ira de Dios; de suerte que cayó medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció – acompañada de tres princesas del cielo – y le dijo: «¿Sabes, mi querido hijo de Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?». -« ¡OH! Señora –respondió él-. Vos lo sabéis mejor que yo, porque, después de vuestro Hijo Jesucristo fuisteis el principal instrumento de nuestra salvación”. Ella agregó: «Sabe que el arma principal ha sido el Salterio Angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento; por lo cual, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi salterio».

Este Salterio, es lo que conocemos hoy como Santo Rosario. ¿Cuántos dones ha dado esta hermosa oración, que nos ha regalado dado la Theotokos, la Madre de Dios, a través de Santo Domingo y de aquellos que la promovieron?

Dones y gracias, ha dado el “Secreto Admirable del Santo Rosario”, como le llama San Luis María Grignion de Monfort., dones y gracias de salvación que se han derramado por las almas.

Por eso los diferentes Papas la han recomendado y la han predicado. San Pío V oró de manera incesante y a esta oración, se le atribuye el Triunfo en Lepanto, estableciendo la fiesta de Nuestra Señora del Rosario el 7 de octubre. León XIII a través de la carta encíclica Supremi Apostolatus, establece el mes de octubre como el mes del Santo Rosario, dedicado entonces a promoverlo revalorizando todas sus bondades entre todo el pueblo fiel. Pío XI hablaría de sus bondades por medio de la carta encíclica Ingravescentibus Malis. El Beato Juan XXIII escribiría sobre el rezo de esta oración por medio de Grata Recordatio. Pablo VI en la exhortación apostólica sobre el culto Mariano Marialis Cultus hace referencia a esta noble oración: Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso que favorezcan en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del Corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza.

Juan Pablo II nos regalo al final de su Pontificado la Carta encíclica sobre el Santo Rosario, Rosarium Virginis Mariae, introduciendo en ella la meditación de la vida pública de Jesús.

Los guerreros cristianos han tenido siempre gran estima del Rosario. Nuestros combatientes en Malvinas ofrendaron su gesta y la bautizaron “Operativo Rosario”. En medio de la Batalla él fue su escudo para defender y batallar, y aún para orar por el adversario a quien se enfrentaba, en la justa defensa de la Patria invadida. Mas aún en algún caso fue el escudo que salvo la vida inexplicablemente, o mejor dicho sólo explicable por la fe en el amor y la Misericordia de Dios.

El Rosario es el arma más poderosa contra el enemigo de Dios y de las almas, por eso es el arma del caballero cristiano, del soldado de Cristo. No es un amuleto, es un escudo y es toda una pedagogía, todo un catecismo que a lo largo de la vida nos hace rumiar sobre los misterios de la vida de Jesús y de María, los misterios de la Salvación.

Querido amigo, el Rosario es, pues, el arma necesaria para alcanzar la Salvación a la que estamos llamados. Por él pedimos al Señor que nos libre del fuego eterno hacia donde la miseria del pecado nos conduce; por él nos arrojamos a la Misericordia de Dios, por eso el Padre Castellani dice en la Payada a la Virgen de Lujan:

Al filo de mi agonía
no recordés mis reveses,
recordá en vez cuántas veces
y ya desde muy gauchito
yo te recé el “Bendito”,
la salve
y las cinco dieces.

Es tan importante esta oración, es tan poderosa que la Theotokos, la Madre de Dios, cada vez que apareció, insistió en ella como el único camino para la conversión de los pecadores. Fátima, Lourdes, etc. no tienen como protagonistas los milagros, sino la insistencia del Padre que a través de la Madre pone al Rosario como el medio eficiente para que el hombre se convierta, para que acepte el don más preciado, la piedra más preciosa: la Salvación. Salvación que el Verbo nos regalo haciéndose carne en el seno puro e inmaculado de María, pagando por nosotros el precio de la Cruz, a cuyos pies estaba, de pie, su Madre la Santísima Virgen.

Y si poderosa es para el alma de cada hombre, cuanto más para superar los gravísimos problemas de nuestra sociedad. No hablamos de los económicos, que en estas horas parecen profundizarse, que nos demuestran más lo frágil y perecedero que son las cosas de este mundo; hablamos de los morales a causa del pecado, raíz y causa de todo el mal. Es necesario que la sociedad se restaure y para ello debemos empezar por su célula básica, la familia.

Ese gran Papa, ese Papa Santo del siglo XX, ese Papa difamado, ensuciado por los enemigos de Cristo y la Iglesia, ha visto esta necesidad y legó a la Iglesia una valiosa reflexión a partir de la Carta Encíclica Ingruentium Malorum, sobre el Rosario en la familia. Ciertamente, Pío XII reflexionó sobre este sostén de la familia, pues en ella se sustenta el orden social y es ella la más atacada y destruida.

Amigos, cuando hablamos del Rosario en la Familia nos referimos al que ya rezan los novios cuando construyen las bases sobre las cuales edificarán la familia cristiana. Los novios que rezan para fortalecer el amor; los esposos unidos en la meditación de los misterios de Dios para ser iluminados en su vocación y que rezan por los hijos que vendrán, que desgranan el Rosario junto a la cuna de la prole y cuando mayores con ellos caminan por los veinte misterios del Amor de Dios. La familia que reza unida, permanece unida.

Es pues el Santo Rosario el arma poderosísima que no nos deja desesperar frente al combate diario. No seamos tontos y no nos quedemos diciendo con Lope de Vega mañana empezaremos (a rezarlo) para lo mismo responder mañana. El Señor por medio de María golpea, con inmenso amor, nuestras puertas, nuestra alma que esta sedienta del amor de Dios, pues el pecado la ha deshidratado. Escuchemos a nuestros hermanos que caminan a nuestro lado aullando de sed de Dios. El Rosario es un manantial de gracia, que calma toda sed de Dios y en esta época nos sigue pasando desapercibido.

Querido amigo, por medio del Rosario, arrojémonos al amparo de la Madre de Dios y Madre nuestra:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies nuestras súplicas en las necesidades,
antes bien líbranos de todo peligro,
OH Virgen gloriosa y bendita.
 Amén.

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