

Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.















Culminando el mes de María, la Santa Iglesia nos ha regalado el tiempo de Adviento, para que junto a la Madre de la Dulce Espera, esperemos y nos preparemos para la Navidad.
Es bueno aprovechar entonces este tiempo para preguntarnos ¿Qué es la Navidad? ¿Qué festejamos?
El nacimiento de Jesús, la ternura del pesebre, la noche del encuentro, surgen como primeras respuestas a las que se pueden sumar tantas otras, como la noche de la paz, la noche del amor todas estas dichas en un sentido horizontal que nos llena de una alegría humana, que es buena, sin embargo incompleta. Pero la fiesta de Navidad es por sobretodo una fiesta que nos alegra sobrenaturalmente porque ella es la manifestación de Aquel que siendo Dios se ha hecho hombre, el día de la Anunciación. Aquel no es un simple niño, es el Dios Encarnado, es la Persona Divina del Hijo en quien se da la Unión de las dos naturalezas la Divina y la humana.
La Persona Divina del Hijo toma la naturaleza humana para redimirla, para elevarla por encima de la dignidad que había perdido por el pecado de Adán. Superando aún, los dones que le habían sido concedidos por el Creador antes del pecado.
No podemos, por tanto, quedarnos con la sensibilidad del pesebre, porque en la Navidad, en la Noche Santa nuestra alegría encuentra un fundamento más elevado. Pues nuestra alegría es por Aquel que ha venido a Salvarnos, que nos ha amado hasta el extremo, que siendo grande se hizo pequeño, que siendo Dios se ha hecho tierra, que con su sangre pagó. De esta manera, en la noche santa de Navidad, las palabras de los Ángeles nos deben sacudir hasta el rincón más íntimo de nuestra alma: Os doy una Buena Noticia en Belén de Judá os ha nacido el Salvador.
Salvador, pero no para el aquí y ahora, El nos rescató para la Eternidad, El completo en su cruz la perfección de toda nuestra naturaleza, por eso con Monseñor Tihamer Toht afirmamos que la alegría es porque luego de su venida podemos llamarnos hombres… con todo derecho.(1)
El tiempo de Adviento es un tiempo que la Iglesia nos da para que nos preparemos a recordar la venida en el tiempo del Salvador. Es un tiempo para no desaprovechar, para profundizar en la vida de la gracia de modo que la Navidad no pase por nuestras vidas como un momento más. Es un tiempo para que descansemos en la esperanza de lo que no pasa ni se acaba. Y no para que nos abarrotemos de cosas para hacer y que se esfuman en unas horas, como las comidas, las bebidas, los regalos, los fuegos de artificio. ¿De qué sirve sentarnos en la mesa navideña sino sabemos la verdadera razón de la fiesta, si solo miramos tiernamente y no contemplamos al Niño, si no nos dejamos cautivar por su mirada llena de Misericordia, si no escuchamos su llamado a la conversión que ya desde la cuna nos hace, si no dejamos que penetre en nuestra alma de tal manera que podamos afirmar, con San Pablo, que no vivimos nosotros sino que es Él quien vive en nosotros?
¿Cuántas veces viene Dios? A esta pregunta hay que responder con la fe de la Iglesia: viene en Belén, en la Plenitud del tiempo, dando su vida en la Cruz por nuestra salvación, venciendo a la muerte en su Gloriosa Resurrección y volviendo al Padre con su Cuerpo Glorioso; viene también en cada Eucaristía, perpetuando su sacrificio y haciéndose presente de modo real y sustancial bajo las formas de pan y vino; y vendrá Glorioso a juzgar a vivos y muertos al final de los tiempos.
Si lo adoramos en la imagen que nos representa el pesebre, ¿Cómo no adorarlo en las Sagradas Formas que no representan sino que sabemos, por la fe, son en sustancia el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo? Como no preparar el alma ante la venida del Salvador en el Misterio de la Eucaristía, en este sentido cada momento previo a nuestra comunión es un tiempo de adviento.
¿Cuándo vendrá definitivamente a juzgar a vivos y a muertos? Solo el Padre que está en el Cielo sabe el día y la hora. Para cada uno de nosotros será el momento de nuestra muerte. El adviento nos llama a reflexionar sobre la preparación para la muerte. Ha dicho con razón Peman poniendo en boca de Ignacio:
No te acuestes una noche
sin tener algún momento
meditación de la muerte
y el juicio, que a lo que entiendo,
dormir sobre la aspereza
de estos hondos pensamientos,
importa más que tener
por almohada, piedra o leño.
Verdaderamente pensar en la muerte no es malo, en tanto ese pensamiento este claramente enfocado a prepararnos a un buen morir, para luego vivir eternamente, ¿de qué nos sirve aferrarnos a esta vida de desquicio y locura, si en ello nos va la eterna amargura de no poder gozar de la Gracia de Dios? Meditar en el último día para prepararnos, pues el esposo llega sin avisar.
Amigos, nuestra vida es un adviento permanente, en toda ella nos preparamos para la llegada definitiva del Salvador. Venga a nosotros tu reino, decimos en el Padre Nuestro, pero cuando estamos cerca de que eso se cumpla marchamos por todos lados pidiendo que no llegue el reino a nuestras almas y preferimos seguir en la oscuridad del mundo. Hugo Wast nos hace reflexionar bien esto el destino del hombre es poseer a Dios en la vida eterna. Pero si el llegar a nuestro destino fuese cosa labrada a nuestra voluntad, nunca llegaríamos a él.
Si ahora, prometiéndosenos el cielo y con él la posesión de Dios, para después de una muerte que no está en nuestra mano el evitar, preferimos seguir viviendo en la tierra. ¿Qué sería si el morir fuese un asunto voluntario?(2)
La Santa Iglesia que es Madre y Maestra, por medio de este tiempo litúrgico, nos ayuda para que podamos prepararnos con dignidad a la fiesta de la Navidad, para que vivamos en el verdadero espíritu navideño de tal manera que podamos reconocer al Dios Encarnado en la sencillez del pesebre y cantar llenos de alegría con los Ángeles: Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra Paz a los hombres.
Pero también la Iglesia quiere que nos preparémonos cada día para recibir y reconocer a Aquel que no ve vista, no siente el tacto, no nos indica el gusto, pero que la fe nos llama a confesar su Divina presencia en el Augusto Sacramento frente al cual nuestra rodilla se dobla y nuestra alma se arroja al Divino fuego del amor que de Él brota.
Y, fundamentalmente, la Madre y Maestra quiere que nos preparemos para que nuestra alma este de tal manera preparada para que al llegar el Esposo, nuestras lámparas tengan el suficiente aceite para acompañarlo.
Conscientes de nuestra miseria sabemos que no podemos solos y que necesitamos de la gracia, de esa gracia de la cual María es mediadora, por eso nos arrojamos filialmente a su amparo y protección:
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies nuestras súplicas en las necesidades,
antes bien líbranos de todo peligro,
Oh Virgen gloriosa y bendita.
Amén.
(1) El Joven y Cristo Monseñor Tihamer Toth
(2) Quince Días de Sacristán. Hugo Wast
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