Junto a la Madre, engrandezca nuestra alma al Señor, anunciando lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, para su mayor Gloria y la salvación de las almas.

Mayolica

Junio 2009

Culminamos el tiempo de la Pascua con la fiesta de Pentecostés, la fiesta en la que recordamos la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia de Cristo en los Apóstoles que esperaban junto a la Santísima virgen Maria.
Comienza el tiempo de espera y es en la espera que el Espíritu Santo sostiene a la Iglesia, la sostiene en el fuego de su amor, en la fortaleza  que sostiene al Papa y a los Obispos fieles frente a los enemigos. El es la garantía que “las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”. El es quien ilumina su Magisterio y quien guía su acción misionera.
Por eso es que en este tiempo que comenzamos Pentecostés no es una fecha de cierra sino una bisagra que une el Tiempo glorioso de la Pascua con el tiempo santo de la espera, llamado litúrgicamente “ordinario”, es bisagra junto a dos fiestas grandes la de la Santísima Trinidad en la cual la Iglesia alaba al Dios uno y Trino, un solo Dios y tres Divinas Personas y la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, en la cual la Iglesia desdobla la institución Eucarística del Jueves Santo para darle todo el valor que el Augusto Sacramento tiene y que sostiene a los miembros de la Iglesia Militante alimentando el alma.
Ciertamente, querido lector, la Eucaristía es para el hombre una necesidad básica espiritual, no podemos sostenernos fieles sin este hermoso don del mismo Dios que se nos da en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, se ofrece en perpetuo sacrificio para nuestra salvación.
Es este el tiempo de espera, pero de una espera en el reposo del Corazón de Jesús que se nos da por su Iglesia en el Sacramento de la Fe, por sus sacerdotes el amor inaudito de Dios que hecho carne que nos redimió, pagando por nosotros el precio de su propia sangre en el Calvario de la Cruz se nos da en el alimento de la salvación.
Su Sagrado Corazón es el único en quien podemos confiar, ese Corazón que late lleno de amor y del cual ha brotado la Sangre y el Agua que nos purifica y santifica en el único camino de la Salvación.
Ese Corazón que amó hasta el extremo de la cruz, es al que la Dulce Madre nos ayuda a llegar y gozar de sus consuelos y Gracias, El Corazón de Cristo y el Corazón de Maria, Inmaculado y bello, son el refugio certero de nuestras pobres y míseras vidas, Ellos y no otros no nos defraudan y nos aman como nadie ha amado ni amara jamás. Que unidos tan íntimamente a Ellos por medio de la piedad y de la gracia de los sacramentos estar tan íntimamente unidos a ellos que nuestra vida sea, por ello, vida de amor y de entrega.

¡Corazón de Jesús en vos confiamos!
¡Inmaculado Corazón de María,
Sé la salvación del alma mía!

 

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